26 marzo, 2008

¿Porque Quema La Tristeza?

Abajo, unas madres enterraban a su hijo calcinado. Un incendio en el bosque había arrasado gran parte de la vegetación y la mitad de las casas de madera del pueblo. El niño de tres años, se encontraba durmiendo en una de tantas.

Me habían encerrado en lo alto de una torre. Hubiese presenciado el entierro del niño, si no llevara este casco de madera, que me habían construido ex profeso. Siendo esta, prisión de ébano para mis ojos, incómodamente, impedía la vista de nada.

Siendo pequeño fui “bendecido” con la asombrosa cualidad de prender fuego a cualquier cosa con solo desearlo, naci con ello, poco a poco fue emanando. Al principio sin darme cuenta y luego controladamente para mis juegos. Claro que al principio las llamas no eran muy grandes, y mis victimas eran juguetes e insectos.

Desde la primera chispa que salió de mí, la gente del pueblo ya empezó a mirarme recelosamente e imaginándose lo peor.

Fue hace poco, al enamorarme por primera vez de una chica, a los dieciséis años. Hizo que las llamas de mi interior alcanzaran grados nunca visto. Mi fuego interior ardió como nunca.

Seguidamente después del amor, le siguió la tristeza, ella dejó de quererme, me dijo que ya no sentía nada especial por mi amor. Este hecho hizo mis llamas crecer sincronizado con mi ánimo menguante.

Con solo desearlo, podía hacer que ardiera cualquier objeto. Fijaba la vista atentamente mientras imaginaba como ardía, el objeto, sin más, desaparecía en una erupción de chispas seguidas de llamas letales.

Desde que me dejaste, Aurora, las llamas han crecido hasta un rojo carnoso, puro, casi negro, llamas de una viscosidad carnal. Salidas del mismo infierno, con autonomía propia. Un ser con un apetito irracional, asesino bestial. Alcanzaban ya sus ocho metros de muerte. Llamas de pubertad, avivadas con madera de huesos, jóvenes.

Si deseaba quemar mi venda de madera, mi cabeza haría lo propio. Los del pueblo no eran tontos.

Se originó el incendio en el bosque, y adivinad a quien le echaron las culpas. Yo sin ganas de nada, ni siquiera les impedí que me llevaran a este exilio. Claramente yo no había sido. Aunque no estaba aseguro ya de nada. Maldiciendo mi mala suerte, había deseado tantas veces que todo despareciera, que se abrieran las puertas del infierno y arrasaran las llamas con todo aquello, quizás indirectamente lo hubiese provocado. El cansancio me hizo dejarme llevar por los comentarios del pueblo y ya no sabía que pensar de mi.

No iba a defenderme. Si la gente quería seguir su estupidez, no los detendría. Ni siquiera preguntaron, tampoco se pusieron a investigar. Mis padres cansados de mi, aunaron fuerzas por apartarme de delante de ellos. Les suponía un amolestia, no aportaba nada a la casa. Y no les gustaba que por mi culpa ellos se vieran arrastrados a las malas miradas.

Era comprensible, cuando se tiene miedo de algo, vale la pena esconderlo, apartarlo de la vista. Si no lo ves, el problema desaparece, es algo que los humanos hemos aprendido.

Yo, tenía otros planes para conmigo.

Pasando los meses, mi cuerpo minado, marcaba el lapso del tiempo, la comida que me traían, se pudría virgen en algún rincón y se hacía notar en el ambiente.

Decidí fugarme de allí, mis detractores, mis jueces, todo el pueblo pensaba que aquello era seguro. Pero la única seguridad de aquella celda era mi indiferencia por escapar. Llegado el momento salí y pise tierra firme. Ya me había decidido, mi mente ya no aguantaba más.

Eran fiestas en el pueblo, y supuse que sería un buen día para algo de calor.

El casco se había convertido en parte de mí. Como un sexto sentido, había crecido en mi una seguridad y movilidad envidiable. Podía moverme con tranquilidad por el pueblo, lo conocía de memoria. Por allí entre los disfraces pude moverme sin ser visto. La gente estaba muy bebida para darse cuenta y los niños me habían olvidado, de echo alguno hubo que quiso sumarme en sus juegos.

Recordaba esas fiestas, de pequeñito, cuando mis amigos y yo jugábamos por las calles con cohetes sacándole buen partido a mi cualidad. Hacíamos coreografías lanzando aquellos proyectiles de mil formas diferentes o asustando a los curiosos que por allí se acercaban.

Todos bailaban ahora, al ritmo de la orquesta, en la plaza mayor, junto al ayuntamiento. Colores, música, risas y un plan en mi cabeza.

Sin que nadie se diera cuenta, me coloque delante de la orquesta y me convertí en la columna de fuego más hermosa que nunca nadie podría esculpir jamás.

Si había sido o no el creador del fuego del bosque, ya tenía poca importancia.

Es difícil hacerse adulto.

Para mí, todo pasaba por aguantar el amor doloroso dentro. Esas fueron las llamas que de verdad me mataron. Las que tú originaste, nadie vería ese cualidad tuya. Nadie vería tu gran poder.

Por fin todos descansarían en paz. Me había apartado de en medio. Mi desdicha no fue nacer con este poder, sino conocer la tristeza que me abrasó por dentro.

Todo el mundo se quedó mudo mirándome, perplejos, nadie vino a ayudarme. Al quemarse mi casco, hundido en las llamas, el dolor no me impidió ver vuestras caras de estupor por última vez, pero no fue esto lo ultimo que mis privilegiados ojos dejarían de ver, fue el horizonte, detrás vuestro, mucho más hermoso que la complicidad humana.

Despidiéndose con su expansivo y redentor azul, como el mar.

. . .

Por: Ego Valor.

2 comentarios:

Vincent y su Burbuja dijo...

Este me has gusta bastante! quien no ha soñado tener ese poder?¿ xDDDDD
EL DUENDECILLO ME DICE QUE LO QUEME TODO!

A ver si Javier sube el suyo y no amontonamos.

Por cierto el dibujo está genial :D

El insecto dijo...

Que gustazo, tenia ganas de acabar mi historia para poder leer las vuestras, +1 a lo del dibujo genial y la historia tambien me ha gustado mucho, como todo lo que tu haces.

A ver si me pongo ahora con la del domingo pasado. :D